lunes, 21 de febrero de 2011

Bañándome en el barro.


Hoy iba a hablar sobre lo decepcionado que debe estar un hombre para renunciar a las mujeres. Pero supongo, tras una hora corta desde que lo pensé, que no es el día adecuado. Pero aun así, tengo que decir que las mujeres son lo mejor en un mundo manejado por hombres, las que mantienen los pies en la tierra. Me gusta pensar que no soy otro de esos tíos que solo ven en la mujer un aderezo para su masturbación, me suele gustar pensar que soy un romántico, pero es fácil rebatirme.

Así que vamos a largar sobre el otro tema que me rondaba la cabeza. Y es la falta de libertad. No en el sentido clásico, entiéndanme. Es que mientras iba a por tabaco para mi madre, he pasado por los lindes de un parque, en el que había niños jugando, acompañados por sus padres (aunque esto es solo una suposición), que mantenían cualquier tipo de conversación siempre atentos a sus pequeños vástagos.

Mi sorpresa llegó en el momento en que uno de estos niños, que no contaría mas de 2 o 3 años (no soy muy bueno adivinando edades) y que andaba con torpeza se ha ido a adentrar en uno de los recintos dedicados a plantas, bien por curiosidad, bien por casualidad. En este instante su madre, como poseída por el mismísimo flash, ha corrido hacia su pequeño y le ha llevado al área de juego predeterminada.

Y mi pregunta es, ¿porque? No había nada en ese lugar a priori peligroso. Ni siquiera había plantas, que era para lo que estaba destinado el lugar. Solo tierra. ¿Porque no le ha dejado jugar ahí? ¿Simplemente porque no es lo establecido? Me ha resultado chocante. Es lógico que los padres vigilen a sus hijos cuando están en el peligroso mundo exterior, ya que son ajenos al peligro que suponen coches, violadores y otros menesteres, pero, ¿hasta este punto?

Recuerdo con nostalgia mi infancia, en las salidas al campo, cuando me dejaban vagar a mi antojo, desnudo, metiéndome en todos los charcos inmundos, revolcándome en el barro. En esos momentos creo que era realmente feliz. Y es posible que en aquellos momentos podría haberme abierto la cabeza en cualquier tropiezo, o haberme picado cualquier insecto o animal que hubiese por ahí (cosa que dudo porque ellos se asustan más que nosotros), y no deja de ser cierto que siempre conté de pequeño con dos buenas costras en las rodillas, pero eso no era necesariamente malo. ¿Disfrutaría lo mismo uno de estos niños que jugaban en el parque de su visita al campo? La verdad es que creo que no.

Me atrevo a averiguar que estarían atados, en su carrito, haciendo que sus padres no temieran por su seguridad, a salvo de las afiladas piedras y el nada aséptico fango. Pero esos niños no están disfrutando de ese infantil salvajismo, esa libertad para hacerte daño, esa libertad para ensuciarte, esa libertad para ser, simplemente, libres.

1 comentario:

  1. No te creas que por no comentarte no te leo. Tengo poco que decir sobre tus últimas entradas, no me parecen cosas que pueda debatir. Yo no volvería a mi infancia ya me cortaran la cabeza. Es más, ya fuera la de abajo la que me cortaran.

    ResponderEliminar