
¿Conocéis la sensación de pensar tanto en una palabra que al final pierde el sentido? Seguro que si, ese punto en que la unión de letras y sílabas llega a un absurdo en tu cabeza.
Pues a él le pasó algo similar, solo que cambió la palabra por su mano derecha. Evidentemente, para que una mano pierda su sentido hace falta pensarla con mucho más ahínco.
El caso es que por la razón que fuera, nuestro protagonista se tiró trece días observándose la mano derecha, solo parando para dormir. Se ve que se aburría bastante.
Y así, la tarde del décimotercer día, algo cambió en su cabeza, y es mano, su mano, que tanto tiempo le había acompañado, en la soledad y en la compañía, perdió su sentido, su razón de ser.
Su sola existencia le parecía aberrante, ese amasijo de carne y huesos, dispuestos de tal manera que conferían asombrosas habilidades..., ¡¡QUE ASCO!!
Seguía observando su zarpa, pero ahora con asco, como podía haber vivido tanto tiempo sin darse cuenta. Y sin darse cuenta, se había transformado en una especie de filósofo. Algo torpe, pero filósofo al fin de al cabo, ya que alguien que se tira trece días observándose la palma no puede ser encuadrado más que entre los filósofos.
Pero como era un hombre débil (y algo torpe), no fue capaz de sobrellevar la falta de sentido de su garra, y al décimoquinto día se dispuso a cortársela. Pensaba que el precioso muñón que le quedaría mientras limpiaba el cuchillo de sierra que le serviría para realizar la operación, pero no se percató de que él era filósofo y no médico, así que allí se quedó, apoyado sobre la encimera, con la mano a medio cortar, en su salsa.