viernes, 10 de junio de 2011

El pisito en el centro.


Te asomas a la ventana. Y echas un vistazo rápido. Te encanta tu pequeño piso del centro, con vistas a una de las calles mas concurridas. No da lugar al aburrimiento.

Empiezas a montar el material. Son las 10 de la mañana, y las calles están llenas de gente que camina sin tener consciencia plena del resto de personas que caminan junto a ellas.

Ya lo tienes todo preparado, el cola-cao, la botella de agua, un par de cigarros liados..., no tienes prisa, pero tampoco hay porque demorarse. Observas atentamente cada uno de los rostros. Buscas a alguien solitario. Con cara de malas pulgas. Invisible.

Le detectas, le sigues con el objetivo, regodeándote, y un pequeño silbido anuncia que ya está. Su cabeza desaparece entre la multitud. Pero nadie se percata. Están sumidos en su propia inexistencia. Buscas otra víctima.

En el tiempo que has tardado en encontrar otra persona de tu gusto, lo suficiente alejada de la primera, algunas personas se han dado cuenta de que ese cuerpo sin cabeza tendido en el suelo no es propio de la normalidad, y se quedan mirando sin saber muy bien que hacer. Alguno llama por el móvil. Pero te centras. Ya tendrás tiempo para regodearte después.

Vuelves a apretar el gatillo, y esta vez el tiempo de reacción es menor. Se escuchan gritos. Nadie le conoce, no gritan porque una persona haya muerto delante de sus narices. Gritan por que piensan que van a morir también. Pobres. No tendrán esa suerte, al menos hoy.

Empiezan a correr. Ahora si tendrás que afinar la puntería. Empiezan a llegar agentes de las fuerzas del orden, intentando disolver los grupos que se forman al rededor de los cuerpos sin cabeza. Pero tu ya has calentado, y sabes que no fallarás. Tres, cuatro, cinco.

El pánico es general. La gente, grita, se tira al suelo. Nadie puede hacerlos parar. Están desquiciados. Miran hacia los edificios, buscando la fuente de la fatalidad. Pero el silenciador ha cumplido su función.

Terminas el cola-cao, y apagas el último cigarro. Recoges todo.

Te asomas a la ventana. Y echas un vistazo rápido. Te encanta tu pequeño piso del centro, con vistas a una de las calles mas concurridas. No da lugar al aburrimiento.

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