
Había una vez, una paloma. Una paloma normal, es decir, todo lo normal que puede ser una paloma, pues ya sabéis que las palomas son las ratas del cielo. Con sus ojos inyectados en sangre, su piar (si se le puede llamar así) casi gutural..., un pájaro asqueroso, en cualquier caso.
El caso es este plumífero en particular ya estaba algo loco/a (no se distinguir entre palomo y paloma, que pasa, listos) de por si, y se dedicaba a tratar de colisionar contra las cabezas de los viandantes, y tal. Y cierto día, como por acción divina, fue a estamparse contra una carnicería al aire libre (muy poco higiénico todo), tragando sin querer un pedacito de ternera en mal estado.
La paloma, acojonada ante la visión del carnicero cuchillo en ristre, salió cagándose sobre la mercancía, que fue pertinentemente retirada del mercado, no sin quejas del comerciante, y el pajarraco infernal se fue a buscar nuevos objetivos.
Pero avanzada la tarde, empezó a sentir unos calores, el animal, a sentirse muy mal, a esputar por la nariz, se le licuo el cerebro, se descompuso, perdiendo gran cantidad de líquido..., etc. En una sola tarde perdió 12 kilos, y tendiendo en cuenta que el bicho no pesaría mas de 3 en principio, es bastante decir.
Bueno, al grano, que se convirtió en zombie.
FIN.


Y de esa manera, poco después, cuando mi amigo caminaba por la ciudad, intentó escupirle, aterrorizarla, llevándola hasta la carretera que no se distingue de la cera... la atropelló un coche, y de ahí, que supiera que es zombie, porque hasta entonces, solo la llamaban:
ResponderEliminarPaloma, la fea.
Pd: me ha gustado el cuentecillo.
Putas palomas...
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