
Se encendió un cigarro, y tras la primera calada, se quedó allí, mirando al frente, observando con tranquilidad como se ponía el sol. Se podría decir que estaba esperando, pero realmente no esperaba nada, solo disfrutaba del avance inexorable del tiempo.
Esos eran sus momentos favoritos, pues se deshacía de todas las prisas y agobios, del bullicio de la gente, del malestar que le generaba la gran ciudad. Allí, en aquel descampado, sin hacer nada, se sentía libre, y disfrutaba de su libertad observando un hormiguero, el cielo, las plantas, o simplemente el infinito.
Al cabo de un rato, cuando ya había caído la noche, decidió volver a casa, y echó a andar con parsimonia, disfrutando de la brisa nocturna, y se sintió feliz.


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