
Es uno de esos días frescos, agradables al tacto, en los que podrías pasarte las horas muertas mirando al cielo, sintiendo como el sol te acaricia. Y mi cuerpo, atacado por los analgésicos que mantienen a raya a una resaca de dimensiones mastodónticas, no quiere hacer hoy otra cosa que retozar y pasear, en un bucle infinito. Hoy no da para más, ha sido derruido, todas las defensas rotas, es vulnerable. La música de domingo lo ablanda, y hace de este día uno de esos para el recuerdo.


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