
Cuatro horas y dos botellas de vodka después, llegó a su destino, aunque la verdad es que no se encontraba en condiciones de decir nada, y menos algo de esa magnitud, de modo que se sentó a la sombra de un árbol, o lo que el pensaba que era un árbol, pues desprendía una extraña luz que no le dejaba pensar con claridad.
Al cabo de un rato, algo más tranquilo, y sin sudar, se levantó, y para su sorpresa, se mantuvo en pié…-Voy a cagarla-se dijo, pero no se dejó achantar por esa estúpida voz que siempre le decía que hacer, y que solía llevar razón, la muy perra. De modo que llamó al timbre. Cuando sonó, no supo que decir, de modo que se agachó. Solo quería hablar, no que aquel portero automático le mirara inquisitivamente, juzgando cada una de sus palabras. Dijo muchas cosas, tantas que no recuerda, tantas que de nada sirvieron, y se torpezó, y calló al suelo, y finalmente le dejaron entrar.
Le sirvieron algo, algo caliente, algo sin hielo, algo a lo que no estaba acostumbrado, pero que le sentó bien y que le aclaró las ideas, así que escribió una carta, una carta enfrente de quien sería el destinatario, pues le resultaba mucho más fácil expresar todo aquello que tenía en la cabeza por escrito. Cuando la acabó, sintió miedo de entregarla, pero aún así lo hizo.
No sirvió para nada, pero arrancó una sonrisa, una sonrisa escondida, la sonrisa que necesitaba para volver a casa, la sonrisa que le golpeaba cada vez que la miraba, la sonrisa que era el perfecto sustituto de aquellas botellas que le quemaban por dentro y que le hacían cagar sangre, la sonrisa que le haría aguantar hasta la próxima vez que fuera capaz de llegar hasta aquel punto alejado de la mano de dios, aquel punto que se alejaba cada vez que el intentaba acercarse.
Se marchó feliz, no sabe donde durmió, no sabe donde despertó, que demonios, ni siquiera sabe si durmió…, pero durante unos minutos fue tan feliz, que…, feliz.


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